Memoria descriptiva: Autómata
que no fue autómata.
Desde el mismo momento que
escuché la consigna pensé en el aleteo de un pájaro, por lo tanto:
Semana 1: Llevé la lámina con el boceto del pájaro, con el
mecanismo definido y absolutamente convencida de que la semana siguiente habría
de entregarlo construido y funcional. Sólo tenía una duda; ¿cómo hacer que mi
pájaro aleteara sin mi ayuda?
Semana 2: Había podido construir el pájaro pero sin un sistema que
hiciese que su movimiento fuese independiente de mi mano. Era un juguete sin
gracia, con forma de pájaro. Asistí a la segunda corrección sin pájaro y con
muchas dudas, pero también con una certeza: mi
autómata no sería autómata, ni pájaro.
Semana 3: Entre distintas opciones me decidí por construir una mano.
Cada vez más cercana a la fecha de entrega consideré una ventaja el hecho de
poseer en mi propio cuerpo una “parte de un ser vivo del cual tener que
analizar su movimiento”. De hecho, no sólo pude analizar el movimiento de una
mano, sino sentirlo.
Corté en fibro-fácil las
piecitas que conformarían las falanges y demás partes, a riesgo de cometer la
paradoja de destruir me mano real. Las uní tensándolas con elástico grueso por
el dorso y le adherí tanzas en las yemas de los dedos para tirar de ellos. Mi mano
empezaba a moverse, aunque muy torpemente aún. Vi la necesidad de guiar el
movimiento por lo que, por un lado, le hice bisagras del lado opuesto con el
mismo elástico y, por el otro, empecé a guiar las tanzas para que se movieran
en el ángulo correcto.
Fui a la clase mucho más
conforme con mi trabajo, sintiendo que tenía, al menos más interés visual que
mi fallido pájaro. El único inconveniente era que no quería manejarla como un
titiritero, por lo que creí interesante que mi mano pudiera imitar el movimiento
de una mano en particular: la de quien la operara. Aún me faltaba llevar a la
práctica la idea completa que, en líneas generales, consistía en un tablero que
contenía a la mano inorgánica la cual, mediante tanzas, iba conectada a un
guante, donde el operador colocaría su mano la que, al moverse, daría vida a la
mía, que imitaría sus movimientos.
Semana 4: Todo lo que parecía resuelto empieza a tambalearse. La
mano se mueve aceptablemente bien, pero aún se traba a veces y, cuando la
conecto a un guante el problema se intensifica. La materialidad me da algunos
problemas. Pensaba usar un guante de lana (que se adapta a cualquier tamaño
estándar de mano) y no consigo. Termino usando un guante de goma, pero veo que
éste es demasiado elástico y no ofrece la resistencia adecuada. Las tanzas
hacen un recorrido muy tortuoso para llegar hasta la mano y, por esta razón,
para mover mi mano uno necesita la fuerza de varias manos juntas. Llego a la
pre-entrega preocupada y con mucho por resolver. En una semana tendré que
trabajar bastante.
Semana 5: ¡Tengo la fecha de entrega encima! Bueno, primer punto a
resolver: hay que hacer que la fuerza necesaria para mover la mano sea viable,
para lo cual decido cambiar la trayectoria de las tanzas lo que, a su vez,
implica cambiar la dirección del movimiento y la forma del tablera que, de ser
entre cuadrado y rectangular, pasa a ser definitivamente rectangular, con una
proporción que recuerda a un tirante. Ahora la mano se mueve sin esfuerzo, y
eso pasa a ser un punto a favor; se mueve casi tan fácilmente como una mano
real. El problema de la elasticidad del guante lo resuelvo atacando dos
frentes: la corrección de la fuerza necesaria (estiro menos) y, por otro lado,
relleno cada dedo con un tubo plástico lo cual, finalmente, resuelve el
problema y hace que todo vaya como un guante (literalmente). Aún con pequeños
detalles que pueden mejorarse, voy terminando este relato, ya que, detalle más,
detalle menos, ilustra bastante bien el proceso de creación de mi nueva mano
(¡It’s alive!, gritaría el doctor Frankenstein).






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