domingo, 17 de mayo de 2015

Memoria descriptiva: Autómata que no fue autómata

Memoria descriptiva:  Autómata que no fue autómata.

Desde el mismo momento que escuché la consigna pensé en el aleteo de un pájaro, por lo tanto:
Semana 1: Llevé la lámina con el boceto del pájaro, con el mecanismo definido y absolutamente convencida de que la semana siguiente habría de entregarlo construido y funcional. Sólo tenía una duda; ¿cómo hacer que mi pájaro aleteara sin mi ayuda?
Semana 2: Había podido construir el pájaro pero sin un sistema que hiciese que su movimiento fuese independiente de mi mano. Era un juguete sin gracia, con forma de pájaro. Asistí a la segunda corrección sin pájaro y con muchas dudas, pero también con una certeza: mi autómata no sería autómata, ni pájaro.
Semana 3: Entre distintas opciones me decidí por construir una mano. Cada vez más cercana a la fecha de entrega consideré una ventaja el hecho de poseer en mi propio cuerpo una “parte de un ser vivo del cual tener que analizar su movimiento”. De hecho, no sólo pude analizar el movimiento de una mano, sino sentirlo.
Corté en fibro-fácil las piecitas que conformarían las falanges y demás partes, a riesgo de cometer la paradoja de destruir me mano real. Las uní tensándolas con elástico grueso por el dorso y le adherí tanzas en las yemas de los dedos para tirar de ellos. Mi mano empezaba a moverse, aunque muy torpemente aún. Vi la necesidad de guiar el movimiento por lo que, por un lado, le hice bisagras del lado opuesto con el mismo elástico y, por el otro, empecé a guiar las tanzas para que se movieran en el ángulo correcto.
Fui a la clase mucho más conforme con mi trabajo, sintiendo que tenía, al menos más interés visual que mi fallido pájaro. El único inconveniente era que no quería manejarla como un titiritero, por lo que creí interesante que mi mano pudiera imitar el movimiento de una mano en particular: la de quien la operara. Aún me faltaba llevar a la práctica la idea completa que, en líneas generales, consistía en un tablero que contenía a la mano inorgánica la cual, mediante tanzas, iba conectada a un guante, donde el operador colocaría su mano la que, al moverse, daría vida a la mía, que imitaría sus movimientos.
Semana 4: Todo lo que parecía resuelto empieza a tambalearse. La mano se mueve aceptablemente bien, pero aún se traba a veces y, cuando la conecto a un guante el problema se intensifica. La materialidad me da algunos problemas. Pensaba usar un guante de lana (que se adapta a cualquier tamaño estándar de mano) y no consigo. Termino usando un guante de goma, pero veo que éste es demasiado elástico y no ofrece la resistencia adecuada. Las tanzas hacen un recorrido muy tortuoso para llegar hasta la mano y, por esta razón, para mover mi mano uno necesita la fuerza de varias manos juntas. Llego a la pre-entrega preocupada y con mucho por resolver. En una semana tendré que trabajar bastante.
Semana 5: ¡Tengo la fecha de entrega encima! Bueno, primer punto a resolver: hay que hacer que la fuerza necesaria para mover la mano sea viable, para lo cual decido cambiar la trayectoria de las tanzas lo que, a su vez, implica cambiar la dirección del movimiento y la forma del tablera que, de ser entre cuadrado y rectangular, pasa a ser definitivamente rectangular, con una proporción que recuerda a un tirante. Ahora la mano se mueve sin esfuerzo, y eso pasa a ser un punto a favor; se mueve casi tan fácilmente como una mano real. El problema de la elasticidad del guante lo resuelvo atacando dos frentes: la corrección de la fuerza necesaria (estiro menos) y, por otro lado, relleno cada dedo con un tubo plástico lo cual, finalmente, resuelve el problema y hace que todo vaya como un guante (literalmente). Aún con pequeños detalles que pueden mejorarse, voy terminando este relato, ya que, detalle más, detalle menos, ilustra bastante bien el proceso de creación de mi nueva mano (¡It’s alive!, gritaría el doctor Frankenstein).

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